CÓMO ENFRENTARSE A LA MUERTE

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CÓMO ENFRENTARSE A LA MUERTE

En estos tiempos no es difícil encontrar a cualquier hora a algún parlamentario en pleno debate sobre la eutanasia. Hace unas semanas la Cámara de los Lores en Gran Bretaña, al término de un apasionado debate, votó por 148 a 100 aplazar un proyecto de ley sobre la eutanasia y que había sido aprobado en la Cámara de los Comunes. En Canadá, al menos tres proyectos de este tipo se han debatido en el Parlamento en los últimos años y se avecina otro.

Las dos principales razones contra la eutanasia son que no está bien que un ser humano mate intencionadamente a otro, excepto en defensa propia, y que los daños y riesgos de legalizar la eutanasia exceden de lejos cualquier beneficio (en el término eutanasia incluyo el suicidio asistido).

Cuando nuestros valores se basaban en una religión, el juicio contra la eutanasia era sencillo: el mandamiento de Dios era “no matar”. En una sociedad secularizada, basada en un intenso individualismo, el dictamen es simple: los individuos tienen el derecho de elegir la manera, el lugar y el tiempo de su muerte. Pero, en sociedades complejas no es tan fácil. A veces se intenta defender enfocándola hacia casos descorazonadores presentados de modo dramático e irresistible por las pantallas de televisión. Oponerse a ella es mucho más difícil porque depende del daño a alguno de nuestros más importantes valores sociales, a instituciones importantes de la medicina y el derecho y a las generaciones y sociedades presentes y futuras.

La eutanasia consiste en matar intencionadamente a otra persona para aliviar su sufrimiento. No es la retirada o el aplazamiento de un tratamiento que conduce a la muerte, o la administración de un tratamiento necesario para aliviar el dolor y que puede acortar la vida.

No es tampoco, como argumentan sus defensores, otra opción frente al fin de un proceso de buenos cuidados paliativos. Legalizar la eutanasia dañaría valores sociales trascendentales y símbolos que sostienen el respeto hacia la vida humana. Si se admitiera, el proceso de morir no sería ya un asunto privado, de creencias autodeterminadas y personales, porque implicaría a otras personas y la aprobación de la sociedad de sus acciones. Revocaría la prohibición de matar intencionadamente, lo que la Cámara de los Lores ha llamado “la piedra angular de la ley y de las relaciones humanas, fundamento de nuestra igualdad básica”.

La Medicina y el Derecho serían las principales instituciones implicadas en la legalización de la eutanasia. En una sociedad plural, son las responsables del mantenimiento de los valores y del respeto de la vida humana. La eutanasia socavaría gravemente su capacidad para desempeñare ese cometido. Paradójicamente, su responsabilidad es mucho más importante en una sociedad secularizada que en una religiosa, porque la medicina y el derecho son las que dictan las reglas del juego.

Legalizar la eutanasia cambiaría el modo de entendernos a nosotros mismos, la vida humana y su significado. Creamos nuestros valores y encontramos significado a la vida buscando en el mercado de los paradigmas socioculturales. Los hombres siempre han centrado este mercado en dos grandes acontecimientos de la vida: el nacimiento y la muerte. En una sociedad secularizada, incluso más que en una religiosa, estos paradigmas deben proteger el “espíritu humano”. Por dicho término no entiendo nada religioso; me refiero a lo intangible, a lo invisible, a la inconmensurable realidad a la que necesitamos dotar de significado y hacer que la vida merezca la pena vivirla.

Dos visiones de la vida

Generalizando, hay dos visiones de la vida humana y, como consecuencia, de la muerte. Una es que somos simplemente “máquinas genéticas”. En palabras de un político australiano, cuando pasamos nuestro mejor momento o caducamos, deberíamos irnos tan rápido, barata y eficientemente como sea posible. Esta visión favorece la eutanasia. La otra ve un misterio en la muerte, porque ve un misterio en la vida; es una visión que no requiere ninguna creencia en lo sobrenatural.

La eutanasia convierte el misterio de la muerte en el problema de la muerte, al cual tenemos entonces que buscarle una solución tecnológica. Una inyección letal es una solución muy eficiente y rápida, pero es antitética al misterio de la muerte. Las sociedades postmodernas no están cómodas ante los misterios, especialmente ante los que generan una intensa y fluctuante ansiedad y miedo, como el de la muerte.

Otra objeción frente a la legalización de la eutanasia es que el abuso no puede prevenirse, como enseña el ejemplo de Holanda. Una vez que se legaliza, su disponibilidad se expande. Originalmente, la eutanasia solo se dispensaba a adultos moribundos con sufrimientos incurables que fueran competentes para dar su consentimiento informado y la solicitaran repetidamente. Pero no hace mucho el protocolo de Groninga ha ampliado su disponibilidad para incluir recién nacidos discapacitados.

Para evaluar el impacto de su legalización en la sociedad actual debemos analizarla en el contexto en el que operaría: una combinación de una población envejecida con recursos sanitarios limitados.

Sus defensores arguyen que los médicos a menudo la practican en secreto. Pero incluso si eso fuera verdad no significa que fuera correcto. La absoluta repugnancia de los médicos a matar al prójimo es esencial para mantener la confianza en ellos. Se fundamenta en parte en que los médicos tienen oportunidades para matar que no están al alcance de cualquiera. La experiencia de Holanda y Australia (la eutanasia estuvo legalizada brevemente en el territorio norte de Australia, en 1997) muestran que la gente se aleja de los doctores por el miedo a la eutanasia.

¿Cómo afectaría además su legalización a la educación de médicos y enfermeros? ¿Qué imagen tendría el modelo de médico que practica la eutanasia entre estudiantes y jóvenes profesionales de la salud? ¿Dedicaríamos tiempo a enseñar a los estudiantes como administrar la muerte por medio de inyecciones letales? (En Holanda un paciente al que se le dispensó la eutanasia pero no murió denunció a su médico por mala praxis). Sería muy difícil comunicar la repugnancia a matar en un contexto de eutanasia legalizada.

Los profesionales de la salud necesitan una línea clara y poderosa que les garantice a ellos, a sus pacientes y a la sociedad que no van a causar la muerte; y la gente necesita tener la absoluta certeza –y ser capaces de confiar- en esas garantías. Cualquier cosa que difumine esa línea, dañe la confianza o les haga menos sensibles a sus obligaciones primarias de proteger la vida es inaceptable. La eutanasia es una respuesta simplista y peligrosa a la realidad compleja de la muerte humana. Implica poner a las personas más débiles y vulnerables, que sufren un estado de intensa soledad pre-mortem , en una situación que les lleve a creer que su única alternativa es ser eliminados o matarse ellos mismos. El modo en que una sociedad trata a sus miembros más vulnerables atestigua su tono moral y ético.

Margaret A. Somerville

Profesora de la Facultad de Medicina de la Universidad McGill. Montreal (Canadá)

2017-08-28T16:55:58+00:00 01 / 07 / 2017|Opinión|